El Coloquio “Pedro Henríquez Ureña: Utopía de América” se realizará mañana, lunes 1 de junio, en el Congreso Nacional en el marco de una serie de actividades en tributo al ilustre escritor dominicano, maestro, filósofo, crítico literario y poeta.

La actividad, organizada por la Embajada de la República Dominicana en Argentina y la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados de la Nación, se llevará a cabo a partir de las 15:00 en el Salón Delia Parodi del Congreso, ubicado en Avenida Rivadavia 1864 de la Ciudad de Buenos Aires.


El coloquio contará con exposiciones del escritor y catedrático Daniel Link, el poeta e investigador Diego Bentivegna y la doctora Miranda Lima, mientras que el moderador será el profesor Rodrigo Caresini.

Participarán el embajador de la República Dominicana en Argentina, César Pina Toribio, y el presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, Daniel Filmus.


Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo el 29 de junio de 1884 y falleció el 11 de mayo de 1946 en Buenos Aires, más precisamente en estación Plaza Constitución del Ferrocarril General Roca, donde mañana a las 12:00 se colocará una placa en su honor.

Entre sus obras se destacan El Nacimiento de Dionisos (1916), En la orilla: mi España (1922), La utopía de América (1925), Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (1936), y la obra póstuma Corrientes Literarias en la América Hispana (1949). 

 

Henríquez Ureña se trasladó en 1924 a la Argentina, donde ejerció la docencia en el Colegio Nacional de la Plata, impartió conferencias, publicó un libro de gramática, fundó la Universidad Popular Alejandro Korn, participó en congresos, prologó la colección Cien Obras Maestras, concibió la Colección Grandes Escritores de América, y organizó la Biblioteca Americana.


Jorge Luis Borges, uno de los escritores argentinos que fue amigo del maestro dominicano, escribió: “Tengo la impresión de que Henríquez Ureña -claro que es absurdo decir eso- había leído todo, Todo. Y al mismo tiempo, que él no usaba eso para abrumar en la conversación. Era un hombre muy cortés, y -como los japoneses- prefería que el interlocutor tuviera razón, lo cual es una virtud bastante rara, sobre todo en este país, ¿no?”.


Ernesto Sábato, en el prólogo que escribió en 1967 para una antología de Henríquez Ureña, señaló: “Todos estamos en deuda con él. Todos debemos llorarlo cada vez que se recuerde su silueta ligeramente encorvada y pensativa, con su traje siempre oscuro y su sombrero siempre negro, con aquella sonrisa señorial y ya un poco melancólica. Tan modesto, tan generoso que, como dice Alfonso Reyes, era capaz de atravesar una ciudad entera a media noche para acudir en ayuda de un amigo”.

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